miércoles, 15 de marzo de 2017

Tu Rincón #9 - Federico Escudero - Desfilologización y refilologización de la enseñanza de ELE

A Literaty Joust de Jonathan Wolstenholme


Aunque se pueda decir que comenzar con la frase latina Excusatio non petita, acusatio manifesta invalida y presenta como justificación forzada lo que viene a continuación, quiero que quede claro que no estoy en contra de que haya profesionales que acceden a la enseñanza de ELE a través de otros campos. A lo largo de doce años de trayectoria docente como profesor de ELE he conocido a grandes profesores que proceden de mundos tan variados como la psicología, la economía, la informática, la acción social e incluso el mundo del circo. Sin ellos no hubiera reflexionado sobre los factores afectivos, introducido contenidos sociales o temas de igualdad de género en mis clases. Igualmente, las plataformas virtuales de aprendizaje, los factores afectivos o la importancia de la inteligencia cinético-corporal en la enseñanza de ELE a niños serían universos del todo ajenos a mi práctica docente. El hecho de que en este trabajo haya profesionales de otros ámbitos hace que sea una labor enriquecida por colegas que aportan interdisciplinariedad y riqueza de puntos de vista. Como siempre, entre dos extremos la verdad queda en medio y me produce tantos escalofríos oír la frase «Para ser profesor de español solo hace falta ser nativo» como que «La enseñanza del español es algo que compete solo a los filólogos de formación».

Dicho esto, considero que hoy en día, tal y como ha puesto acertadamente de relieve Crueledebil, se tiende más a la primera afirmación que a la segunda con el consiguiente menosprecio de los contenidos teóricos. Se ha producido por ello una preocupante desfilologización de la enseñanza de ELE. Se presenta la enseñanza de ELE y la Filología como compartimentos estancos sin relación entre ellos.

Veo a colegas que desdeñan la sintaxis, la morfología, la lingüística textual, la pragmática o la semántica como si fueran disciplinas totalmente alejadas de la enseñanza de ELE para dar prioridad a la inteligencia emocional, el buenrollismo en clase, la gamificación y las TIC, como si las aplicaciones de los móviles en el aula de ELE fueran conejos sacados de una chistera. Pero el conejo sacado de una chistera puede provocar sorpresa una vez para luego convertirse en rutina, como le sucede al protagonista de Carta a una señorita en París de Cortázar, y si basamos nuestras clases en trucos de magia quizá acabemos prestando más atención a la puesta en escena que a la materia que enseñamos.

Veo a colegas que convierten las clases de B2 y C1 en puros cursos de conversación desprovistos de contenidos gramaticales, algunos de ellos escudándose en «Ya son autónomos y lo que quieren es hablar», otros pretextando que todos los contenidos gramaticales se han visto ya y que no hay nada nuevo que enseñar.

¿Dónde quedan entonces los marcadores del discurso, la variedad de nexos o la ampliación del vocabulario? ¿Dónde está la expresión escrita, enseñar a redactar respetando las convenciones de diferentes géneros textuales según se escriba una carta al director, una instancia, un artículo o un ensayo? Si no introducimos estos contenidos en el aula, ¿a qué viene escandalizarse cuando mezclan el tú y el usted en la redacción de una carta formal cuando ni siquiera les hemos presentado un modelo de lengua?

¿Qué van a hacer los profesores que consideran la Filología como una antigualla cuando tengan que corregir un laísmo y no diferencien un objeto indirecto de uno directo? ¿Qué explicación van a dar cuando los alumnos pregunten por la diferencia de significado entre una oración concesiva con indicativo y otra con subjuntivo? ¿Qué van a argumentar cuando el alumno vea un adjetivo antepuesto si se les ha enseñado siempre que en español se pospone? ¿Qué explicaciones infundadas van a transmitir sin someterlas a crítica como aquello de ser es igual a descripción y estar es igual a cambio? ¿Y que responderán cuando un estudiante, ya no solo de nivel avanzado con una cierta conciencia lingüística sino uno de nivel inicial pregunte entonces que por qué se dice «estar muerto» y «ser virgen»? La propia historia de la lengua, materia tan denostada en ocasiones y tan aparentemente alejada de la enseñanza de ELE ¿no ayuda a clarificar para el profesor por qué hay verbos que diptongan en presente o por qué las palabras acabadas en -ema son de género masculino a pesar de la terminación? ¿No puede ser útil para un profesor que imparta clase a estudiantes francófonos para explicar por qué hay palabras que empiezan por “f” en francés y por “h” en español? ¿Cómo, si no se tiene un metalenguaje básico, se va a hacer una buena conceptualización gramatical con los estudiantes? ¿Responderán estos colegas con alguna vaguedad sobre la enseñanza intuitiva de la gramática o el estructuralismo está superado y ahora lo que se lleva es lo comunicativo?

Una buena base filológica ayuda a ser crítico con los manuales utilizados, a captar las lagunas que presentan y a enriquecer las explicaciones de clase. En mi contexto de trabajo, por ejemplo, los hablantes de lenguas eslavas no tienen artículo y presentan errores fosilizados incluso en niveles altos. ¿Por qué los manuales no prestan atención al artículo más allá de un A1? ¿Por qué hay grandes monografías sobre el artículo en español pero no se han desarrollado casi propuestas didácticas basándose en ellas?

Quizá tengamos que dar un giro coperniquiano a la inversa. De tanto centrarnos en el sujeto que aprende y en el que imparte la clase nos hemos olvidado del objeto que enseñamos. Y, ojo, no estoy propugnando una vuelta al método gramática-traducción, ni creo en una enseñanza gramaticalizada de la lengua, ni estoy en contra de la digitalización ni de la toma de conciencia de los factores afectivos en el aula. No pido que la enseñanza de ELE sea filológica, sino que se filologicen, al menos de una forma básica, sus enseñantes, que no les sean ajenos los nombres de Seco, Gómez Torrego, Corominas, Cuervo o Moliner, que Bosque no solo sea el apellido del ex seleccionador nacional sino el del autor, junto con Violeta Delmonte, de una magnífica gramática descriptiva que puede solventar más de una duda. Y si bien es cierto que a nuestros alumnos, a menos que impartamos clase de español como lectores en una facultad de Filología en el extranjero, no tienen por qué serles familiares estos nombres, a nosotros sí, porque cuando sus manos se alzan para preguntar, tendrán una respuesta rigurosa que, convenientemente adaptada, podrá resolver su duda más allá de «Eso no me suena bien», o «Eso es así porque el español es así» o «Eso es solo una excepción que hay que memorizar».

Todo ello conduce a usar herramientas como el CORDE, el CREA, el DRAE, el Corominas, el Diccionario Panhispánico de dudas o la Gramática de la RAE. Siendo los citados referencias inexcusables, inexcusable debe ser su manejo fuera del tópico de «Para enseñar español no hace falta detenerse en cosas técnicas». Esas cosas técnicas o, mejor dicho, esa base teórica es la que nos va a permitir ofrecer una enseñanza de calidad.

Si enseñamos lengua, debemos conocerla a fondo, no como un conductor que sabe manejar el volante, las luces o las marchas, sino como un mecánico que sabe cómo funciona, adentrándonos en el motor y en las piezas. Si nos quedamos en la superficie, nos fijaremos en el color de la carrocería o en el tapizado de los asientos y no en los engranajes y la maquinaria. O lo que es lo mismo, nos centraremos en las dinámicas de grupos, las tarjetas de vocabulario, el Kahoot como cierre de clase o la grabación de un vídeo para colgar en Facebook como tarea final sin tener en cuenta que hay otros nexos concesivos además de aunque o que existen otros verbos de lengua aparte de decir.


La Filología y la enseñanza de ELE no deben ser compartimentos estancos sino vasos comunicantes: de la teoría a la práctica docente sin que haya una exclusión entre ellas. Solo refilologizando la enseñanza de ELE podemos conseguirlo.





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4 comentarios:

  1. Hola, Ricardo y Federico:

    Me parecen muy acertadas y valientes tus reflexiones en voz alta. Solo quería añadir una cita de una novela que muestra cuán devaluada está nuestra profesión y, por ello, lo necesarias que son estos tipos de reflexiones. Aquí va:

    La Fina recibe regularmente una postal desde Devils Lake (Dakota del Norte), donde se supone que doy clases de español para yankis (…) Desde luego, también mi familia me cree en Yanquilandia, no era plan de inventar historias incompatibles (…) La Beba en cambio se huele que algo raro pasa, y he tenido que explicarle cómo es el apartamento en el que vivo, qué me dan de comer, y que esa academia de idiomas en la que trabajo no es un tugurio como el de la peli de Sidni-Puatier; eso además de lo que me costó hacerle entender que alguien me pagara por enseñar algo tan fácil como hablar en castellano (Pablo Tusset, Lo mejor que le puede pasar a un cruasán).

    Un saludo

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  2. Buen artículo, Federico.

    Creo que gran parte de la "desfilologización" de la enseñanza de ELE proviene de un "boom" de nativos que, junto a la crisis económica, han visto que enseñar español puede ser una vía de supervivencia. La demanda por estudiar español es una realidad que sobrepasa muchas veces los requisitos que en realidad se necesitan para cubrir esta necesidad.

    Apuntas bien al diferenciar entre "filólogos" y tener una "base filológica". Es obvio que enseñar ELE y tener nociones de filología son vasos comunicantes. Personalmente, nunca he desdeñado a profesionales cuya procedencia no sea la "adecuada" y que han terminado enriqueciendo el ELE con otros enfoques y aportaciones. Si se concibe esta profesión en serio, tarde o temprano uno empieza a adquirir esa "base filológica" al ser consciente de que la necesita si quiere ofrecer un servicio de calidad. Sin embargo, también te puedo decir lo contrario: filólogos que no toman esta profesión en serio y hacen más daño que bien.

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  3. Cierto, Sergio. El hecho de que la demanda sea bastante elevada en algunos países ha hecho que haya profesores sin formación. Como tú dices, después de práctica docente, de enfrentarse a preguntas de alumnos, y de llegar un momento en el que uno mismo se da cuenta de que no puede atribuir todo al "genio del idioma", a la arbitrariedad o los casos excepcionales, se empieza a bucear en las gramáticas, la historia de la lengua y la Filología para ser mejor docente de ELE.

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  4. Enhorabuena por el artículo, Federico. Solo una cosa, es Violeta Demonte, no Delmonte. Se te ha colado una "ele".

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